lunes, febrero 22, 2016



El 21 de noviembre de 1995,
el India Times publicaba en sus páginas, perdida entre la maraña de sucesos macabros y surrealistas, la noticia de un hombre al que habían amputado su mano derecha. El día anterior, a las 9:25h de la mañana, mientras un pedazo de dosa se ablandaba en el chutney, tres encapuchados irrumpían en la cocina y, antes de que el individuo pudiera comprender nada, dos de los hombres lo sujetaban con fuerza. El tercero cercenó, de un corte limpio, certero y recto, a la altura del fibrocartílago triangular, la muñeca de la atónita víctima.

El truculento suceso habría pasado desapercibido con relativa naturalidad, como los muertos diarios de cualquier frontera, de no ser porque, apenas dos semanas después, el mismo India Times daba a conocer otros cuatro incidentes más ocurridos en las mismas extrañas circunstancias. Pronto se sucedieron toda clase de declaraciones, más o menos públicas, de diferentes autoridades y en idénticos términos: ¿quién podría estar detrás de unos hechos tan terribles? ¿qué razones podrían tener para cometer semejante barbarie? ¿un ajuste de cuentas entre mafias? ¿una secta aplicando algún delirante castigo divino?  Preguntas sin respuestas ante un hecho que nadie sabía si tomarlo como una mera anécdota macabra o el aviso incipiente de un terror aún mayor por desatar.

Durante aquellas semanas, la cuestión semántica adquirió una relevancia poco común en los diarios y en los diferentes medios de comunicación que, poco a poco, fueron sumándose al teatro absurdo de la actualidad: macabro, truculento, tétrico, sombrío, fanático, terrorista... El "adjetivo" se convirtió en la cuestión fundamental de todos los debates. Y la polémica alcanzó su grado máximo expansivo cuando el 26 de diciembre, el India Times publicaba en portada la foto de una nota mecanografiada, recibida en la redacción el día anterior y enviada, supuestamente, por los autores de aquellas amputaciones con una sola palabra: siniestro.

La irrupción de aquel escueto comunicado exacerbó aún más las posturas y convirtió la cuestión lingüística en asunto masala chai. Además de los periódicos, los puestos callejeros de té se convirtieron en focos de información social: desde ellos se propagaban las noticias de las últimas mutilaciones y en ellos se dirimía, como agua hirviendo, el significado confuso de aquella misteriosa nota. Pronto se empezó a hablar de los mutiladores como los "sinisters" y decenas de historias apócrifas empezaron a rumorearse en la ciudad.

Los intelectuales regurgitaban viejos argumentos: "una nueva forma de terrorismo, que podríamos llamar siniestrismo... y que posiblemente tiene raíces en las viejas fraternidades secretas islámicas: dicho de otro modo, el yihadismo hindú es siniestro".
Las autoridades rumiaban actitudes representativas: "lo que sí que vamos a hacer, es poner todos los medios de los que disponemos para acabar con los siniestros intentos de estos desalmados por alterar nuestra convivencia".
Y la gente, en las calles, descansaba sus fatigadas vidas como siempre ha hecho: construyendo relatos, anhelando mitos. "Cortan las manos inútiles de aquellos que no siguen el dakshina marga, el elevado sendero de la mano derecha, y las ofrendan a la Shakti, energía creadora y creación misma."
Lo único cierto, es que a principios de enero de 1996, nadie sabía quienes eran aquellos "sinisters", qué pretendían ni por qué o para qué amputaban las manos de sus víctimas.



Fue en abril de 1998, dos años y 317 amputaciones después, cuando conocí a Amay. Se acercó a mi mesa y pidió permiso para sentarse. Me preguntó si era periodista y si, en caso afirmativo, me interesaría conocer su historia. No andaría lejos de los 60 años, enjuto, de pelo negro y una mirada oscura y amarillenta, algo acuosa, que prometía ternura. Le advertí que no era periodista sino antropólogo, pero que precisamente por eso me interesaban las historias. Guardó silencio durante unos segundos en los que se miró hacia adentro y yo tuve la sensación de poder asomarme a su agujero. Luego empezó a hablar despacio:


- Me llamo Amay Ayan Heer. Y soy siniestro. Me han ofendido por ello durante toda la vida. Durante años, mis maestros me golpeaban con saña en la mano, cada vez que escribía con la zurda, hasta hacerme sangrar o me la ataban a la espalda con una cuerda que colgaba del cuello. Mis propios compañeros me insultaban a menudo acusándome de ser un sucio dalit. Y, de algún modo, siempre me sentí así. Mi propio padre me llamó toda su vida "desviado". Nadie quería tocarme. Y nadie dejaba que lo tocara. A los ojos de los demás, mis destrezas eran impuras solo por que usaba "la otra mano". Durante mucho tiempo, yo mismo me castigué por ello. Nunca pude extender la mano con firmeza para una simple caricia. Siempre tuve que recorrer el rostro de mi hija con la torpeza derecha de mi vergüenza. Siempre fui siniestro para los demás. Hasta que decidí serlo para mí. Esa es mi historia. El resto, solo es venganza. 

Se levantó con la misma mirada tierna con la que se había sentado, igual de oscuros los ojos. Más visible su agujero. Mientras lo miraba -confundido- marcharse recordé todos los estúpidos comentarios que había leído o escuchado durante aquellos dos últimos años. Y pensé, malévolamente: entra dentro de lo razonable que los indios coman con la mano derecha y se limpien el culo con la izquierda. Pero... ¿qué pasa con los zurdos?